Porque yo no votare por Marichuy

La principal razón que me llevo a escribir este texto ha sido la lectura de muchos comentarios de compañeros que desde distintas trincheras mantienen una resistencia contra el sistema. Comentarios que van desde la critica que permite el debate y la discusión hasta aquellos que atacan a quienes no comparten esta idea surgida por el CNI y apoyada por muchos colectivos, organizaciones sociales, etc., etc. No entrare en detalle sobre estos ataques por que  el motivo que me llevo a escribir este texto no es entrar en polémicas absurdas. Tampoco comparto la idea de atacar este proceso del CNI y mucho menos a su candidata; he respetado el proceso que el EZLN ha llevado dentro del CNI, comparto algunas de sus ideas de autogobierno y cuando he sentido la necesidad de ser crítico con ellos lo he hecho. Me parece importante entender las coyunturas y desde ahí hacer el análisis pertinente en cada ocasión. Esta vez lo hago no solo desde la coyuntura electoral, sino desde mis propias ideas y forma de ver las resistencias comunitarias. No espero ni comprensión, ni afinidad con lo que escribiré por parte de nadie, pero si espero que si alguien lo considera,  el debate se pueda dar en una lógica de respeto más allá de dogmas y cerrazones.

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Siguiendo la línea: una crítica al modelo de producción-consumo desde la ecología social

Hagamos el siguiente ejercicio: imaginemos un entorno ecológico, con árboles, un río, vegetación variada, animales desde esos invertebrados que a veces pasamos por alto hasta esos mamíferos con los que sentimos cierta afinidad. Podemos incluso imaginarnos una pequeña población humana que forma parte de este entorno ecológico. Sus dinámicas poblacionales son parte de un todo. Forman una comunidad ecológica, donde cada una de sus partes esta en armonía con las otras; así como las necesidades de cada uno. El entorno está equilibrado. Las relaciones son a un nivel tangible. Se pueden tocar, sentir. Nadie es dueño de nada que no sea su propia existencia, nadie le pertenece a nadie. Ni siquiera a los humanos, ni entre los humanos.

De pronto un día; alguien que no vive ahí, que no sabe nada del lugar, se da cuenta que el cauce del río puede servir para construir una hidroeléctrica que de energía a una ciudad cercana. Busca un dueño a quien comprarle, no encuentra a nadie, entonces va al gobierno, si esos que se ostentan como administradores de los bienes de la nación y consigue los permisos para construir esa hidroeléctrica. Comienzan a llegar camiones, a talar árboles, a construir estructuras de cemento en el río para detener su cauce. Los no humanos que viven ahí, no saben qué pasa, la fauna migra o comienza a morir. La flora desaparece. Otra empresa descubre que el bosque cercano puede ser talado para la fabricación de papel, otros más que una vez talado pueden aprovechar ese terreno para la agroindustria; una más descubre que las montañas están llenas de metales y minerales listo para ser explotados, extraídos. La población humana intenta resistir. Protestan, defienden su espacio. ¿Quién más lo haría? Se les reprime, se les desplaza a la ciudad cercana; donde ellos no saben vivir, no hay lugar para ellos; se convierten en parías que viven de recolectar lo que los habitantes de la ciudad desechan. Algunas personas intentan ayudarlos; pero no, no es ayuda, es una forma de calmar su conciencia. Entienden que estos desplazados son daños colaterales del progreso que les permite a ellos vivir su estilo de vida. No son los primeros que llegan. Inventan programas de ayuda –junto con el gobierno- que en el mejor de los casos sirve para mantener a estas poblaciones que han sido desalojadas de su entorno en un estado vegetativo. Esta ayuda no alcanza para despertar su rabia e indignación.

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El odio como ideología

28-01-2017

No hay nada más peligroso que el odio; especialmente cuando este se convierte o toma la apariencia de ser una ideología. Cuando toma forma de una idea, de un dogma, de una verdad absoluta que se tiene que defender hasta la muerte, que se defiende contra todo aquel que no piense igual, se violenta contra aquello que no esté dentro de esta verdad absoluta. Odios transformados en ideas para justificar esa violencia.

Pongamos por ejemplo esta nueva-vieja idea que viene surgiendo en Estados Unidos de que los musulmanes son malos; una vieja-nueva idea promovida por el Estado que tiene un sus manos todas las herramientas para alimentar el odio. Muchos lo justifican con el argumento de que le temen a lo desconocido, pero no es así,  no es odio puro a lo diferente. Es una violencia a la vida. Si no fuera a los musulmanes, a los migrantes encontrarían algo más que odiar. La idea de que ellas les roban su trabajo, de que son criminales es solo la justificación que necesitan. Trump no hace más que hablarle a esa parte de ellos que es tan oscura que a veces no la vemos, pero es capaz de incendiarse con  un poco de fuego. Es tan fácil ocultar el odio en una idea. Es tan fácil disfrazar la violencia en una verdad absoluta. El poder lo viene haciendo desde hace siglos. Ha sido su modus operandis en toda la historia de la humanidad. La estrategia más efectiva contra cualquier rastro de justicia que se intente enfocar en crear espacios de convivencia. El odio como ideología es peligroso porque es un atentado contra la vida, una afrenta contra el derecho a vivir, nos quita la posibilidad de vivir; claro salimos a la calle a defendernos y terminamos odiando a las otras, no a la idea; esa continua ahí, esperando el momento oportuno para volver aparecer y con suerte, con suerte para ella y para quienes la ponen en marcha, hasta puede convertirse en un genocidio. ¿Quién recuerda a los Armenios? fue la frase de Hitler cuando se le acuso asesinar a todo un pueblo; podríamos sumarle más; ¿Quién recuerda a los Nativos norteamericanos que continúan siendo masacrados, a los palestinos, a tantos otros pueblos asesinados en nombre del odio. Y cuando los recordamos la mayoría del tiempo es para exigir venganza. Para dejarnos llevar por el mismo odio. Al final ¿Quién recordara a la especie humana?

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